Artículo sobre cuando la química convirtió la luz en memoria
Por: Lcda. María Milagros Santiago Reyes
Cada 19 de agosto se celebra el Día Mundial de la Fotografía, en conmemoración del anuncio público del daguerrotipo —el primer procedimiento fotográfico— en Francia, en 1839. Es una buena ocasión para recordar algo que suele pasar desapercibido: durante buena parte de su historia, una fotografía fue, literalmente, una reacción química.
Hoy tomar una foto parece cuestión de segundos. Sacamos el teléfono, enfocamos y tocamos la pantalla. La imagen aparece de inmediato. No siempre fue así.
Alrededor de 1826, Nicéphore Niépce logró una de las primeras fotografías permanentes conocidas utilizando betún sobre una placa. El proceso requería muchas horas de exposición. Poco después, Louis Daguerre desarrolló el daguerrotipo, utilizando compuestos de plata sensibles a la luz y reduciendo considerablemente el tiempo necesario para obtener una imagen.
Ahí la química tuvo un papel decisivo. En la fotografía tradicional, los haluros de plata reaccionaban con la luz y producían una imagen latente que no era visible inicialmente. Luego intervenían los procesos de revelado y fijado para hacer aparecer la imagen y estabilizarla. Negativos, películas y fotografías en blanco y negro y a color dependían durante décadas de estos procesos.
Con la llegada de la fotografía digital podría pensarse que la química desapareció. No fue así; cambió de lugar. Los sensores CCD (Charge-Coupled Device) y CMOS (Complementary Metal-Oxide-Semiconductor) utilizan materiales semiconductores, principalmente silicio, para convertir la energía de los fotones en señales eléctricas. Después, esas señales son procesadas hasta convertirse en la imagen que vemos en una pantalla.
También cambió lo que significa tomar una fotografía. Las cámaras actuales pueden combinar exposiciones, reducir ruido, ajustar el rango dinámico, reconocer escenas y mejorar imágenes con procesamiento computacional. Una fotografía tomada de noche, por ejemplo, puede mostrar detalles que nuestros ojos apenas perciben. Detrás de ese resultado hay óptica, electrónica, materiales, química y procesamiento de datos trabajando juntos.
La fotografía dejó de ser una actividad especializada y pasó a formar parte de nuestra vida cotidiana. Algunos estimados de la industria señalan que cerca del 92 % de las fotografías se toman con teléfonos inteligentes. Más allá de la cifra exacta, el cambio es evidente: llevamos una cámara en el bolsillo y prácticamente todos podemos producir una imagen en segundos.
Como química, lo que más me llama la atención es que, aunque la tecnología haya cambiado, la idea de fondo sigue siendo la misma: transformar la luz en algo que podamos conservar. Primero fue una reacción sobre una placa; después, una película; hoy, una señal electrónica convertida en datos.
La próxima vez que tomemos una fotografía con el teléfono, quizás valga la pena detenernos un segundo antes de publicarla. Detrás de ese pequeño gesto hay casi dos siglos de ciencia y una pregunta que todavía permanece: ¿cómo hacemos para que la luz deje memoria? O recordar aquello que dice: “Debí tirar más fotos.
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