Por Luz Enid Días Torres – Fotos por: José León
El Coca-Cola Music Hall fue un escenario de fantasía, movimiento y energía con una artista que desafía las reglas del violín y convierte cada presentación en una gran experiencia para mirar, escuchar y sentir. Y eso pasó la noche del sábado 26 de septiembre, una experiencia que fue mucho más allá de presenciar un espectáculo músical, dónde la música misma se encargó de llevar a los asistentes de paseo.
Bastó que Lindsey Stirling tomara su violín para que el escenario comenzara a transformarse. De pronto, aquel instrumento que tantas veces imaginamos sentado, solemne y quieto, estaba en movimiento. Ella bailaba, saltaba y giraba. Parecía seguirle el paso a una artista que ha hecho de la música, la danza y la fantasía un lenguaje propio. Porque si algo quedó demostrado es que Lindsey Stirling no toca el violín: ella vive el violín.
La artista estadounidense se resiste y rompe a las etiquetas. Es violinista, compositora, cantante y bailarina. Toma elementos de la tradición clásica y los mezcla con pop, rock y electrónica, mientras las coreografías y la producción visual convierten cada tema en una pequeña puesta en escena. Donde verlo en directo en escena es otra historia.
Stirling durante prácticamente todo el espectáculo, se mantuvo en movimiento. Corría de un extremo al otro del escenario y ejecutaba elaboradas coreografías mientras sus manos continuaban haciendo lo suyo: arrancarle melodías al violín con una precisión impresionante. Se veía fluir con extraordinaria naturalidad y sin esfuerzo. Parecía estar simplemente disfrutándo lo que hacía. Y esa sensación y percepción llegó hasta el público.
Un público que se disfrutó una montaña rusa musical de notas y emociones. El espectáculo comenzó con “Kashmir”, seguido por “Underground”, “Sandstorm – Elements”, “Artemis” y “Shatter Me”, estableciendo desde el principio una atmósfera en la que los sonidos electrónicos, la fuerza del rock y la sensibilidad del violín convivieron sin pedir permiso.
La propuesta continuó explorando diferentes matices con “Carol of the Bells”, uno de los momentos que aportó un aire particularmente mágico a la velada. Después siguió con “Serenity Found”, “Forever Glow”, “Crystallize”, “Kintsugi” y “Firefly Alley”, manteniendo al público conectado con una presentación que cambiaba constantemente de ritmo, imagen y emoción. No hubo tiempo para distracciones ni mirar el reloj.
En todo momento siempre estaba ocurriendo algo en escena. Tocar y bailar se conjugaron en una sola cosa. Y fue precisamente eso uno de los grandes atractivos y aciertos de la noche. Fue magistral observar cómo Lindsey conseguía integrar la danza a la ejecución musical. No era una violinista que ocasionalmente bailaba.
Era una bailarina que tocaba el violín mientras bailaba. Cada desplazamiento parecía coreografiado con las notas, cada giro acompañaba la música y cada movimiento del arco formaba parte de la puesta en escena. Por momentos, el resultado tenía algo de cuento fantástico; en otros, la energía se acercaba al rock y la electrónica. Y en todos, el violín permanecía como el protagonista.
Pero la voz de Lindsey tuvo igualmente su espacio y añadió una dimensión diferente a la presentación. Con fuerza y sensibilidad, demostró que su universo artístico no termina en las cuatro cuerdas. Canta, baila, compone, interpreta y domina un escenario que parece hecho a la medida de su particular manera de contar historias.
Historias, que continuó contando con el repertorio que elevó la energía con “Roundtable Rival/Devil”, “Untamed”, “First Light”, “Beyond the Veil” y el esperado “Phantom of the Opera”. Un recorrido musical amplio, dinámico y visual, en el que cada pieza encontró su propio espacio dentro de una producción concebida como un espectáculo integral.
Fue una noche de música para escuchar y para mirar. Donde la iluminación, las imágenes, las coreografías y la puesta en escena jugaron un papel fundamental. No se trató simplemente de interpretar una canción detrás de otra. Cada número aportaba algo al universo que Lindsey había creado sobre el escenario. Hubo momentos de intensidad, otros de delicadeza y muchos en los que la música parecía desprenderse del escenario para convertirse en movimiento. Y quizás ahí está el encanto de Lindsey Stirling, en hacer que algo conocido parezca nuevamente sorprendente.
El violín, un instrumento que asociamos tantas veces con la solemnidad de una orquesta, apareció con otra personalidad. Una más atrevida, contemporánea y libre. Y ahí entonces entendimos el secreto de lo mágico de sus presentaciones.
Al final de la noche quedó una imagen difícil de olvidar: Lindsey Stirling desplazándose por el escenario, bailando con una energía contagiosa y tocando su violín como si ambos hubieran nacido para moverse juntos. No necesitó escoger entre ser violinista, bailarina o cantante. Fue todas a la vez. Y lo hizo mientras convertía el escenario del Coca-Cola Music Hall en un espacio donde la música clásica podía encontrarse con el pop, el rock, la electrónica y la fantasía sin perder su esencia.
Lindsey Stirling brilló en su espectáculo y contó su propia historia. Una experiencia musical y visual que dejó al público del Coca Cola ante una artista que, definitivamente, no cabe en una sola categoría, ni definición.
La presentación fue una producción de José Dueño, con las relaciones públicas a cargo de Grandes Eventos, bajo la dirección de Lidda García.








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